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Polémica por las remeras de Ona Sáez: ¿qué es lo que ofende tanto?

Por Tomas Santolín Godoy

 Por más remeras feministas

En los últimos días, la actriz Thelma Fardín, acompañada de una treintena de colegas, realizó una denuncia pública por abuso sexual contra quien fuera su compañero de elenco, Juan Darthes. A partir de ese momento, el tema pasó a inundar casi todos los espacios de discusión pública. Periodistas, políticos, abogados, actores y actrices, y un largo etcétera, todos trajeron a la mesa sus opiniones, repudios y apoyos. Subida a esta vorágine se encontró también la empresa de indumentaria Ona Saez, que sólo 24 horas más tarde del hecho presentó una remera con el estampado que sirvió de símbolo a la denuncia: "Mirá como nos ponemos".

La iniciativa se encontró con el repudio de distintos sectores que no tardaron en criticar a la marca por considerarla "oportunista". El argumento pareciera ser que una empresa no debe buscar el lucro a través del usufructo de ciertos temas considerados demasiados sensibles para una sociedad. La pregunta entonces es: ¿por qué? ¿Existe algo intrínseco al ánimo de lucro que por su carácter negativo debiera ser preventivamente apartado de otras esferas de la vida común, a riesgo de que aquellas queden expuestas y puedan "contaminarse"? ¿Es el lucro un anti-valor, algo impuro, corrupto per se? ¿Lo es en nuestra sociedad más que en otras?

En La ética protestante y el espíritu del capitalismo, Max Weber desarrolla una de sus hipótesis más populares al afirmar que la religión protestante permitió la consolidación de un sentido común, un espíritu nuevo que terminó dando lugar al surgimiento de la sociedad capitalista.

El protestantismo transformó la percepción de los sujetos de un modo tal que las ganancias pasaron a verse como un fin racional más que como un medio, el comercio y los préstamos dejaron de ser condenados para en su lugar fomentarse, y el propio trabajo y la práctica comerciante se empezaron a percibir como una ofrenda misma a la divinidad. La lógica secuencial sería: la ética protestante permitió el espíritu capitalista que generó la práctica capitalista.

Esta hipótesis es discutida y debatida por infinidad de autores posteriores. Aun así, incluso muchos de los reconocidos historiadores que ponen en duda la relación de causalidad entre las variables, como Christopher Hill o Alastair Hamilton, sí reconocen el rol que el protestantismo tuvo en el derribamiento de barreras morales propias de los valores éticos cristianos contribuyendo así al surgimiento de la sociedad capitalista que hoy conocemos.

En sus escritos Advertencias necesarias a los que quieren ser ricos y Consejos a un joven comerciante, Benjamin Franklin, uno de los padres fundadores de los Estados Unidos, propone una serie de prácticas y principios que podrían considerarse como necesarios para la consolidación de la lógica capitalista, y que muchos años más tarde serían tomados por el propio Weber como ejemplo para validar su hipótesis. No es casualidad que la nación norteamericana se convirtiera luego en el pilar principal del capitalismo mundial. Así, observamos que en los últimos siglos la ética y el sentido común de la sociedad tuvieron transformaciones que permitieron el surgimiento del capitalismo, dentro de las cuales la ganancia y el rol otorgado a la misma ocuparon un rol central.

Pero volvamos de nuevo al 2018 para retomar la cuestión que inspira este artículo. Imaginemos que cientos o miles de mujeres y hombres compran la famosa remera, difundiendo un mensaje que consideran justo y propio. ¿Es menos válido el mensaje? ¿Se "desvirtúa"? Imaginemos, también, que en vez de una reconocida empresa multinacional se tratase de un taller anónimo, sin una marca comercial. Y que en vez de remeras negras se tratasen de pañuelos verdes. ¿Es igual de condenable? ¿Qué hace más condenable a uno que al otro? ¿Acaso no hay una misma búsqueda de lucro en ambos casos, o el segundo empresario produce a pérdida por su apoyo a la causa?

La realidad es que existen dos actores en escena: aquel que ofrece la remera a cambio de una ganancia y aquel que la adquiere con el fin de viralizar un mensaje, y eventualmente porque encuentra el diseño como estético. Ambos se benefician de la existencia del otro. Ambos persiguen un objetivo propio. ¿Motiva al empresario la búsqueda del lucro, tanto o más que el compromiso genuino con un cambio social? Posiblemente. ¿Es ello cuestionable? No debería.

Está claro que el ánimo de lucro en la sociedad actual debe encontrar un límite indiscutible y es el avasallamiento de las libertades y derechos de los sujetos. La cuestión en este caso puntual es que el supuesto avasallamiento no es más que la propia búsqueda de la ganancia.

Es decir, la "ofensa" no es otra que el espíritu de lucro en sí mismo. Esto nos lleva a suponer lo siguiente: la condena a la utilización de un símbolo social por parte de un empresario es en realidad, escondida, disimulada, la condena a la búsqueda de ganancia en sí misma. No se explica sino la indignación de que una lucha por mayores derechos (que, dicho sea de paso, este autor comparte) se "contamine" con aquel demonio tan despreciable que es el ánimo de lucro.

El problema con esta concepción, fuertemente arraigada entre nosotros, es que la búsqueda de mayor rentabilidad, y por lo tanto de una mejor productividad en el marco de la competencia, es justamente el motor mismo del sistema capitalista.

Los avances que nuestra sociedad ha conocido, el progreso irrefutable que gran parte de la población global ha encontrado a lo largo de los últimos siglos se debe a fin de cuentas a aquello que es la razón de ser del capitalismo. No existe capitalismo, ni el progreso que éste representa, sin el ánimo de lucro. Un capitalismo sin competencia y sin la ganancia como motor, llámenlo como quieran pero no es capitalismo. Y como tal, no redunda en los beneficios que este ofrece.

Concebir a la utilidad perseguida por el empresario como algo injusto, avaro, ilegítimo, no hace más que obstaculizar el motor mismo del progreso económico y social, dejándonos en en una especie de capitalismo anticapitalista, o capitalismo culposo, que se encuentra con límites obvios a la hora de avanzar.

Cabe aclarar, es entendible que la búsqueda de ganancia por parte del capitalista sea condenada por aquellos que persiguen el derrocamiento del sistema actual para reemplazarlo por otro nuevo (o viejo), cualquiera que sea. Lo que llama la atención es que la crítica provenga de individuos que pretenden continuar beneficiándose de las virtudes que el capitalismo ofrece.

Es probable que el espíritu pre-capitalista identificado por Weber hace más de un siglo no sea el mismo que hoy condena al empresario que coloca la estampa en la remera, aunque ambos compartan la crítica (implícita o no) a la esencia misma del sistema actual. También es probable que la gran mayoría de los que se opusieron a esta movida de marketing de la marca encuentren sus fundamentos en el genuino y respetable apoyo a los reclamos del Ni Una Menos y no sean Che Guevaras en potencia bajando de Sierra Maestra. Aun así, de lo que se trata es de cuestionar algunos conceptos que tenemos asimilados como incontestables. Y entender que ninguna lucha feminista se debilita por una estampa en una remera. En todo caso, se multiplica.

Asesor Cámara de Diputados de la Nación